Edda Pando

Italia

Derechos de las personas migradas y refugiadas
Associazione Todo Cambia

Edda Pando estudiaba Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Lima cuando, en 1990, el gobierno de Alberto Fujimori impulsó una serie de medidas económicas conocidas como el paquetazo. Esto provocó un fuerte incremento del precio de la universidad y Pando tuvo que dejar sus estudios. Un día, su padre le ofreció un billete para ir a Italia. “No me lo pensé dos veces, no tanto por el dinero sino por la curiosidad de ver otros lugares”, explica la activista.

Llegó a Italia en abril de 1991, y tres meses después descubrió que ya no se podía quedar legalmente en el país. Decidió quedarse igualmente y comenzó a trabajar limpiando casas. En junio conoció grupos políticos afines a los que frecuentaba en Perú, y retomó la militancia. Tres años después, en 1994, logró regularizarse.

Casi una década después de llegar a Italia, sintió la necesidad de centrar su activismo en la cuestión migratoria. En 2001 fundó junto con otras personas la Associazione Todo Cambia, de la que es actualmente presidenta. Todo Cambia es una entidad formada por gente que vive en Milán, inmigrada o no, que lucha contra el racismo y por los derechos de las personas migrantes. De Todo Cambia surgiría la demanda de una Universidad Migrante, que celebró la primera edición en 2007 y que se estableció como asociación autónoma a partir de 2012.

Todo Cambia está integrada en una gran federación de entidades de Italia, ARCI, en la que Pando ha desarrollado también diversas tareas.

Ha trabajado tanto a nivel de coordinación estatal como de la sección de Milán. Asimismo, Todo Cambia forma parte también de la red Milano Senza Frontiere, un entramado informal de asociaciones que organiza la Marcha por los nuevos desaparecidos. El activismo realizado a través de todas estas plataformas ha llevado a Pando a involucrarse en un nuevo proyecto, Missing at the borders, que visibiliza las historias de las personas desaparecidas en las fronteras europeas a través de los relatos de familiares.

En 2014, más de dos décadas después de haber llegado a Italia, Pando consiguió graduarse en Ciencias de la Mediación lingüística y cultural, con una tesis en torno a las familias de personas desaparecidas en el trayecto migratorio de Túnez a Europa. Poco después fundó el grupo Va de Bolero, y se reencontró con el canto. “El hecho de volver a cantar ha sido el que más me ha ayudado a reunir mis dos vidas: la de la joven universitaria, apasionada de la música, y la de la migrante en Italia, activista por los derechos de los migrantes”, explica. En 2016 encabezó como independiente la lista de Milano in Comune para el Municipio 2 de Milán y a día de hoy sigue colaborando con la formación.

Pando se encuentra a menudo con la pregunta de si se siente más peruana o más italiana. Y no duda en responder: “Dos son mis ciudades. Lima, donde he nacido y crecido y Milán, donde me he convertido en una mujer adulta”.

» Entrevista

> ¿Cómo ha cambiado el fenómeno de la migración irregular en Italia desde que llegaste, a principios de los 90?

Desde los 90 hay un flujo constante de migración irregular, ya que el único mecanismo para entrar legalmente en el país es lo que se llama “decreto de flujos migratorios”. Es una norma que el gobierno aprueba cada año y que define la cantidad de migrantes que pueden entrar en Italia. Prevé que una persona que ofrece trabajo pueda contactar a una persona que está en el país de origen para trabajar en Italia. No se entiende cómo estas dos personas se han podido conocer, y este es el primer problema del mecanismo, que es irreal. El segundo es que la cuota de ingresos prevista siempre ha sido muy baja (entre veinte y treinta mil personas).

La realidad ha sido otra. Cada año entraban al menos medio millón de migrantes. Muy pocos se regularizaban con el decreto de flujos, fingiendo que estaban en sus países. La mayoría nos hemos regularizado con lo que se llaman sanatorias. Son decretos especiales que permiten la regularización de las personas extranjeras ya presentes en Italia y que el gobierno ha aprobado en los años 1989, 1995, 1998, 2002, 2009 y 2012. Desde 2012 la situación ha empeorado mucho porque no ha habido más sanatorias y las personas se han visto obligadas a seguir el camino de la solicitud de protección internacional. No existe otra posibilidad de regularizar la propia situación. Muchas veces llegan a nuestra ventanilla de información legal personas que quieren regularizar a sus trabajadores y les tenemos que decir que la ley no lo permite. ¡Es una situación surrealista!

> Afirmas que las migraciones lo cuestionan todo.

Las migraciones lo están poniendo todo en discusión, sobre todo porque cuestionan el orden social existente, el de los estados nación. Antes los estados garantizaban derechos a sus ciudadanos, pero ahora los derechos los exigimos, en un estado, los que no somos ciudadanos. Exigimos derechos como seres humanos, y por lo tanto se debe repensar la idea de ciudadanía. Esto lo deben hacer los estados, pero también los mismos migrantes. Muchas veces, cuando organizábamos luchas, algunos migrantes nos decían que no podíamos exigir derechos porque no éramos ciudadanos de este país, sino huéspedes. Esto llevaba a discusiones muy interesantes sobre qué da derecho a tener derechos. No debería ser la nacionalidad o la ciudadanía, sino la condición de ser humano. Por lo tanto, tiene que cambiar la idea de organización social (por ejemplo, se ha hablado de la ciudadanía de residencia) y ha de cambiar la mentalidad de las personas que relacionan los derechos a la nacionalidad.

> Desde los inicios de tu activismo a favor de las personas migrantes, para ti ha sido fundamental dar voz a los y las protagonistas del fenómeno migratorio.

A menudo, los europeos “expertos” en migración creen que tienen el derecho de hablar en nombre nuestro.

Pero la mentalidad colonizadora – colonizada no desaparece sólo por el hecho de que una persona sea antirracista.

En 2001 hubo en Italia el proceso del Foro Social, y se creó una mesa nacional de inmigración. Participábamos migrantes de diferentes ciudades, pero los italianos tenían muy poca consideración respecto a esta presencia. Las reuniones parecía que fueran sólo entre ellos, ni siquiera tenían en cuenta el uso del idioma. Los migrantes no hablaban. Después de algunos meses, los migrantes que veníamos de diferentes ciudades nos fuimos conociendo y compartiendo opiniones. Todos vivíamos este sentimiento de exclusión. Así, un día decidimos crear el Comité de Inmigrantes de Italia, en el que sólo podían participar migrantes. Cuando comunicamos esta decisión a los italianos de la mesa nacional, nos tildaron de racistas y separatistas. Pero nosotros necesitábamos un ambiente que nos permitiera construir una subjetividad propia, como en el caso de los movimientos de mujeres, negros o indígenas.

> ¿Cómo fue esa experiencia?

En la primera reunión del comité había 50 personas, todas migrantes. Por primera vez, vi que hablaba gente que no lo había hecho en las reuniones de la mesa. Un compañero africano pidió la palabra y dijo: yo no hablo bien italiano. Todos reímos y dijimos: aquí nadie lo habla bien. Y otro compañero dijo: yo te traduzco. Al principio, el comité sólo éramos dos mujeres, yo y una compañera albanesa. Fue otro elemento difícil: el machismo existe en los movimientos europeos y en el movimiento de los migrantes.

¿Por qué voy apoyar este proceso y sigo pensando que es imprescindible favorecer el protagonismo de los migrantes? Porque la mentalidad colonizadora de los europeos, de sentirse con el derecho de hablar en nombre de los migrantes, se suma la mentalidad colonizada de los migrantes, que piensan que los europeos son mejores, porque lamentablemente esto es lo que nos han enseñado en nuestros países. La lucha era también con nosotros mismos, para no limitarnos a ser sólo los que cuentan su historia, sino ser también los que aprenden y son capaces de teorizar sobre la migración a partir de la propia experiencia migratoria.

El comité duró unos cinco años. Fue una de las experiencias más importantes en las que he participado. Después, se manifestaron diferencias políticas entre los que lo conformábamos, porque ser migrante no constituye ninguna garantía de pensamiento homogéneo. A veces, la gente se sorprende de que algunos migrantes voten por políticos que tienen posicionamientos racistas. No hay nada de extraño en eso: ser migrante no significa ser automáticamente antirracista.