Julia Soanirina

Líbano

Defensa de los derechos de las mujeres, de las personas migradas y refugiadas y de los derechos laborales

Migrant Domestic Workers Alliance

Julia Soanirina es una de las fundadoras de la Migrant Domestic Workers Alliance, una asociación que trabaja por los derechos de las trabajadoras domésticas migrantes en el Líbano. Nacida en Madagascar, llegó a este país en 1996 por mediación de su hermana mayor, que se había marchado a trabajar antes que ella. Asegura que migrar “era la única opción que tenía”, ya que las oportunidades laborales en Madagascar eran y son escasas. Desde que llegó al Líbano, siempre ha trabajado para la misma familia y afirma que, a pesar de las dificultades, es en este país donde se ha construido como sindicalista y activista. “Las condiciones en la que vivimos las trabajadoras domésticas migrantes en el Líbano me han empujado a mostrar la cara oculta de nuestro trabajo”. 

En el Líbano, además de estar atada a un sistema laboral —el sistema Kafala— que no respeta los derechos de las trabajadoras, ha tenido que hacer frente al racismo y el clasismo. Sin embargo, no tiene en mente, de momento, volver a su país de origen. “En Madagascar la vida es difícil y trabajando aquí puedo ayudar a mi familia. Allí es muy complicado tener un salario como el que tengo aquí; y yo no tengo ningún título. La última vez que regresé fue en 2014. Luego, con la aparición de la pandemia, todo se dificultó. Madagascar ha estado cerrado un año entero. También se puso muy complicado volver al Líbano, aun teniendo un visado. Era arriesgado salir del país”. Para estas trabajadoras, volver a su país de origen es todo un reto, una incógnita. 

La historia de las trabajadoras domésticas migrantes es una historia de lucha, y Julia Soanirina insiste: no quiere que nadie hable por ellas, porque son ellas las que tienen que explicar su propia historia. “Somos nosotras las que vivimos así, nadie más. Somos nosotras las que estamos 24 horas con nuestros empleadores y en 24 horas pasan muchas cosas. Cosas que hay que continuar explicando”. 

El sistema Kafala, un sistema que debe ser abolido 

Bajo el sistema Kafala -extendido en el Líbano y otros países árabes-, la vida de las empleadas domésticas migrantes está ligada a sus empleadores, que funcionan como patrocinadores. Los contratos solo se pueden rescindir con consentimiento de las familias empleadoras y en el momento en que son despedidas, las trabajadoras pierden sus visados y quedan indocumentadas. Esta situación las expone ya no solo a un abuso constante por parte de las familias empleadoras, sino también a una ley injusta que prevé el encarcelamiento y la deportación forzosa para aquellas personas que se encuentren una situación de irregularidad dentro del país. 

Este sistema de patrocinio, muy arraigado, ha propiciado, a lo largo de los años, que la situación de estas mujeres se degrade hasta límites insospechados. Hace años que las redes sociales están llenas de testimonios de mujeres migrantes empleadas domésticas en este país que explican sus experiencias de abuso constante: jornadas excesivamente largas, negación de los días de descanso, retraso en el pago de los salarios, confiscación del pasaporte, despido sin motivo, privación de la libertad, maltrato físico y psicológico o negación de asistencia médica son algunos ejemplos. 

La evidencia de esta situación, además de estar recogida en los testimonios de muchas empleadas, está ampliamente documentada en el informe Their house is my prison: Explotation of Migrant Domestic Workers in Lebanon, publicado por Amnistía Internacional en 2019. Aunque hayan pasado más de tres años el presente no cambia, incluso empeora, debido a la crisis social y económica que vive el Líbano. Las condiciones de estas trabajadoras también han sido mostradas en reportajes en diferentes medios internacionales. En uno publicado por la periodista Natalia Sancha en 2018 en El País se recoge un testimonio que da fe de las condiciones en la que trabajan estas mujeres: “Cada dos semanas tenemos que repatriar el cuerpo de una mujer etíope. La mayoría se han precipitado al vacío desde el balcón del hogar donde trabajaban como sirvientas o se han suicidado. Las menos han muerto en un accidente de tráfico”, le aseguraba a la periodista el en aquel momento cónsul de Etiopía en el Líbano, Wahide Belay Abitew. 

A pesar de estar lejos de la abolición de este sistema, hay esperanza en que esto pueda cambiar: en febrero de 2022, Meseret Hailu, una migrante etíope, consiguió llevar ante la justicia a su empleadora por abuso; también a la agencia que la había mediado con la contratación. Un caso sin precedentes que abre las puertas a que se haga justicia con estas trabajadoras, que día tras día continúan reivindicando sus derechos y luchan para que el gobierno libanés vele por sus intereses mediante la adopción de leyes laborales justas y mediante la ratificación de la Convención 189 de la OIT de 2011. El Líbano, un país de casi siete millones de habitantes y unas 250.000 trabajadoras migrantes domésticas, no ha ratificado la convención 189 de la OIT, que ofrece protección específica a las trabajadoras y los trabajadores domésticos. Establece los derechos y principios básicos, y exige a los Estados tomar una serie de medidas con el fin de lograr que el trabajo decente sea una realidad para estas trabajadoras.

Migrant Domestic Workers Alliance, un espacio de cuidado mutuo

La Migrant Domestic Workers Alliance nació en 2016, fruto de una escisión de una asociación de empleadas domésticas que trabajaba en un ámbito más amplio. Está formada por mujeres migrantes que trabajan en el Líbano como empleadas domésticas; la mayoría de ellas procedentes de Filipinas, Camerún, Costa de Marfil, Madagascar o Sri Lanka. El grueso de las personas migrantes que se dedican al trabajo doméstico en el Líbano son etíopes, pero ellas tienen su propia asociación. 

La asociación tiene como objetivo empoderar a las mujeres migrantes empleadas domésticas, darles las herramientas necesarias para que luchen por sus derechos laborales y hacer un frente común contra el sistema Kafala. Se trabaja en el empoderamiento colectivo e individual a través de la solidaridad feminista y un sistema de cuidados mutuo para asumir los retos de manera comunitaria. 

El contrato estándar unificado, recomendable pero no vinculante 

En 2020 se adoptó un contrato estándar unificado con el objetivo de proteger a estas trabajadoras domésticas —se les garantiza el salario y el alojamiento, se le prohíbe al empleador retener el salario de las trabajadoras, así como confiscar sus pasaportes, establece un día semanal de descanso y exime a la trabajadora de abonar los costos de su contratación, entre otros—; sin embargo, el contrato no es vinculante y no hay ningún mecanismo que garantice su implementación. No solo eso: los testimonios de abuso por parte de las familias empleadoras a estas mujeres aumentaron considerablemente a partir de la irrupción de la pandemia y durante el confinamiento, según documentó Amnistía Internacional. 

Si bien Julia Soanirina y la Migrant Domestic Workers Alliance participaron activamente en la redacción del contrato estándar unificado, el resultado no fue el esperado, y el documento que se adoptó no respondió a las demandas de las trabajadoras. “Ya que no podemos abolir el sistema Kafala, teníamos la esperanza de poder trabajar en un documento para mejorar nuestra situación, pero la propuesta que presentamos fue rechazada. Actualmente existen tres contratos, pero no vinculantes: el de 2009 (antiguo), el de 2020 y el que se propuso desde la Migrant Domestic Workers Alliance”, explica  Soanirina. 

La crisis económica se ceba con el Líbano

El Líbano vive, en estos momentos, una de las peores crisis económicas de las últimas décadas. La devaluación de la moneda local a causa de la caída del tipo de cambio, así como la irrupción de la pandemia, junto con las explosiones que tuvieron lugar en el puerto de Beirut en agosto de 2020,  provocaron la dimisión del primer ministro libanés Hassan Diab, y de todo su gabinete en agosto de 2020. Desde entonces, el país vive sumido en una profunda crisis económica en la que las personas vulnerables y vulnerabilizadas sufren las principales consecuencias. En 2020, la libra libanesa había perdido más del 60% de su valor en el mercado, y la situación parece lejos de recuperarse. 

Actualmente, y según los últimos informes del Banco Mundial, el desempleo juvenil casi se ha duplicado respecto a antes de la crisis económica y alcanza ya un 40%. Este colapso económico y el contexto de inestabilidad política están provocando que muchos jóvenes libaneses decidan emigrar. 

Por lo que a las empleadas domésticas migrantes respecta, esta situación ha empeorado considerablemente sus condiciones de vida. Ahora, muchos empleadores pagan a las trabajadoras en libras libanesas, con lo cual pierden parte de su salario. 

Desde diferentes oenegés tanto nacionales como internacionales hace tiempo que se pide que el Ministerio de Trabajo cree una unidad de inspección para que se controlen las condiciones en las que trabajan las mujeres migrantes que se ocupan del sector doméstico; así como mecanismos para actuar contra los empleadores abusadores. Sin embargo, parece que esta no es una de las prioridades el gobierno libanés. 

Entrevista

¿Cuál fue su primer contacto con el activismo? 

En mi comunidad, cuando aún vivía en Madagascar. Cuando vi cómo funcionaban las cosas. En Líbano, empecé colaborando en una oenegé y de ahí mi activismo fue creciendo. Solía trabajar con esa oenegé hasta que decidimos fundar la Migrant Domestic Workers Alliance. Hablar es compartir, y eso es lo que hacemos. 

¿Cuándo nace la Migrant Domestic Workers Alliance? 

En 2016. Creamos un sindicato en 2015 con otras trabajadoras domésticas, pero tras un año de trabajo, nos dimos cuenta de que estábamos perdiendo poder. Empezamos de cero solo con las trabajadoras migrantes. 

¿De dónde son las mujeres de la Migrant Domestic Workers Alliance? 

Hay muchas mujeres de Filipinas, de Camerún, de Madagascar, de Costa de Marfil, de Nepal y de Sri Lanka. Las etíopes, que también son muy numerosas, tienen su propia asociación. 

¿Hay muchas diferencias entre la lucha de las trabajadoras domésticas libanesas y las trabajadoras domésticas migrantes? 

Sí, por eso nos especializamos. La perspectiva no es la misma. Nosotras cuando llegamos, empezamos de cero. Una de nuestras líderes filipinas fue deportada cuando iba a renovar sus papeles. Le dieron de plazo una semana para salir de Líbano. Si no, la hubiesen encarcelado. Fue muy triste. Nosotras no nos podemos exponer demasiado por razones de seguridad. Ni las oenegés de aquí pueden hacer demasiado por nosotras, por eso tenemos más miedo.   

¿Le ha perjudicado su activismo en el trabajo? 

He trabajado para la misma familia desde que llegué en 1996. Primero estuve con la madre y ahora estoy con la hija. Mi empleadora no sabe demasiado sobre mi activismo, porque no se lo cuento. Me podría dar problemas, pero sabe que estoy metida en ello. 

¿Les explican sobre el sistema Kafala, a las chicas que llegan nuevas a la Migrant Domestic Workers Alliance? 

Sí, se lo enseñamos en los talleres que organizamos. Hay que pensar en los retos a los que se enfrentan las personas que migran: muchas de ellas no han ido demasiado a la escuela, no hablan el idioma, no saben leer bien. Hay una barrera lingüística importante. El gobierno no quiere abolir este sistema y las chicas no saben sobre sus derechos. En los talleres se los explicamos y nos preguntan aquello que no entienden. 

¿Y qué les dicen? 

Que no dejen los trabajos sin preguntar; porque sin el permiso de trabajo, la ley no está de nuestra parte. Aún si somos víctimas, se nos trata como criminales. 

¿Cuál es el principal temor? 

A que nos deporten. Ese es el miedo principal pero también la razón principal por la que continuamos luchando. Después de la explosión, el 25% de las trabajadoras domésticas que trabajaban aquí se fueron. No es fácil mantenerse, por eso ahora estamos reconstruyendo la alianza con nuevas trabajadoras. 

¿Qué tipo de ayuda proporciona la Migrant Domestic Workers Alliance? 

Desde que se produjo la explosión, repartimos comida y medicamentos, y también ayudamos con algo de dinero. Una periodista francesa nos ayuda con la captación de fondos. Trabajamos con asociaciones aliadas que nos consiguen medicamentos y compartimos lo que tenemos. 

También hacen talleres de formación. 

Sí, por ejemplo de jabón. Son para que cada una pueda iniciar un negocio propio en caso de que quiera volver a su hogar de origen. El objetivo de los talleres es dar herramientas para el trabajo y para la vida. 

¿Cómo afectan las condiciones de crisis económica actual en el Líbano a las trabajadoras domésticas migradas? 

Estamos viviendo una crisis fuerte. De hecho, es una triple crisis: la de después de la explosión, la de la Covid y la económica. Esto nos afecta mucho. Hay compañeras que han perdido su trabajo y a muchas se les debe el salario desde hace un año. Por otra parte, nos han empezado a pagar en moneda local, no en dólar americano, como se había hecho hasta ahora. Si nos pagan en liras, perdemos parte de nuestro salario, porque está muy devaluada. Yo se lo dije a mi empleadora: ‘con liras no puedo hacer nada, no puedo enviarlo a mí país’. Ella aceptó continuar pagándome en dólares, pero me redujo el salario. Después de 21 años no me planteo cambiar de casa, porque aquí todo es muy difícil, y encontrar a alguien que te esponsorice no es fácil. 

¿Cómo son las condiciones de vida de una trabajadora doméstica migrante en este momento? 

Malas. A algunas las encierran en casa y no tienen ni un día libre. Ahora, con la crisis, todo ha empeorado. Los empleadores compran menos comida para las empleadas, de ahí la ayuda en forma de comida. Nos hacen falta alimentos básicos. Todo es muy caro. 

¿Cómo ha hecho frente al racismo y al clasismo? 

El racismo aquí se ve de manera directa. Cuando llegué, mi empleadora me obligó a ponerme el uniforme incluso para salir a comprar. Una de las primeras veces, unos niños empezaron a decirme algo en árabe. Yo no entendía y cuando llegué a casa, se lo pregunté a la empleadora. Significaba ‘burra’. No entendía nada. ¿Por qué me hablaban de esa manera, por qué me insultaban? Más tarde me di cuenta de que en el autobús nadie se quería sentar a mi lado, ni tan siquiera cuando este estaba lleno. La gente no se quiere sentar al lado de la gente negra. Los libaneses, los turcos, los kurdos, los sirios… Todos son blancos. Los de color somos los migrantes, los últimos. No existimos. Para ellos somos las que limpiamos váteres y no tenemos ningún valor. Aún ahora hay tiendas en las que, cuando entras, te preguntan si tienes dinero para pagar. En muchas otras ni siquiera te dejan entrar y desde la puerta te piden que te marches. 

En octubre de 2019 la Embajada de Filipinas organizó una repatriación masiva de 52 empleadas filipinas en Líbano. 

La embajada de Filipinas ayuda mucho a sus trabajadoras. Para mí, es de las mejores embajadas, ya que pone condiciones a la contratación de personal filipino. Tiene acuerdos bilaterales con el gobierno libanés. El salario para las trabajadoras filipinas es mejor y si el empleador las maltrata, lo pueden denunciar ante la embajada. 

¿Habéis pensado en denunciar algún caso a la justicia? 

No llevamos casos a la justicia porque no disponemos de abogados. Sin embargo, sí que enviamos algunos casos a otras oenegés que sí que los tienen. Nuestra asociación no está registrada a nivel gubernamental, porque como migrantes, no tenemos ese derecho. Por lo tanto, son las oenegés nacionales aliadas y legales las que registran algunos casos. ¡No estamos registradas, pero existimos; y mucha gente nos conoce y nos apoya!