Haydee Castillo es una activista nicaragüense que desde joven ha luchado por la libertad de su país y la defensa de los derechos humanos. Consciente de la importancia de crecer en un país libre, pronto supo de la necesidad de deshacerse de la dictadura de Anastasio Somoza, quien gobernó el país de 1967 a 1972 y de 1974 a 1979. Involucrada a temprana edad en la Juventud Franciscana (JUFRA), a lo largo de su vida y su trayectoria, Haydee Castillo ha estado presente en distintos proyectos que tenían como objetivo la mejora de las condiciones de vida de su país, como el Movimiento Estudiantil de Secundaria (MES), la Unión Democrática Liberal UDEL, el Frente Amplio Opositor (FAO) o la Cruzada Nacional de Alfabetización, entre otros.
La vida de Haydee Castillo no se puede entender sin mencionar los movimientos estudiantiles. Participó activamente en la lucha contra la dictadura de Somoza desde el Movimiento Estudiantil MES, la Asociación de Estudiantes de Secundaria (AES), el Consejo Universitario de la Universidad Nacional (CUUN) y la Federación de Estudiantes de Centroamérica. Con el triunfo de la Revolución Popular Sandinista, continuando con el movimiento estudiantil, formó parte del Estado Mayor de la Cruzada Nacional de Alfabetización en el Departamento de Estelí; también fue una de las fundadoras del Centro Universitario Regional del Norte, que funcionaba como sede de la UNAM Managua, y formó parte de la creación de la Unión de Estudiantes de Nicaragua (UNEN) durante su estancia en Managua por sus estudios. A través de la UNEN participó en las jornadas de recolección de café y algodón en las fincas. «Esta era la contribución de los estudiantes universitarios para proveer de divisas al país», explica.
Haydee Castillo siempre estuvo comprometida con la causa sandinista a través de la participación en distintas movilizaciones y proyectos fundamentales para el triunfo de la revolución, como la UNEN, la Juventud Sandinista o la Asociación de Mujeres Nicaragüenses Luisa Amanda Espinoza (AMNLAE). También integró las estructuras del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). La activista perdió a su primer marido, asesinado por el movimiento contrarrevolucionario (la Contra), financiado principalmente por Estados Unidos.
«Nunca podré olvidar cuando se firmaron los Acuerdos de Paz [con la Contra, en 1990] y pude viajar por el país sin miedo, sin ser objeto de una emboscada ni morir en cualquier atentado», dice. Ahora, con el país en manos del matrimonio Ortega-Murillo, que ejerce un control férreo y dictatorial de todo lo que ocurre en Nicaragua, Haydee Castillo, que vive en el exilio, no oculta el dolor que le produce pensar en la traición al proyecto por el que tantos y tantas lucharon. «Nosotros, como jóvenes, pusimos mucho de nuestra parte para salir de la dictadura de Somoza y que triunfara la revolución (1979-1990), pero no fuimos nosotros quienes asumimos el poder ni los principales cargos en las instituciones del Estado y donde se tomaban las principales decisiones. Esta es una revolución fallida, traicionada, pero me queda la satisfacción de haber luchado contra la dictadura de Somoza, de haber tomado distancia del FSLN en el momento en que empezó a desvirtuarse, cuando se empezaron a traicionar los valores de la causa», explica.
Nicaragua, un siglo sin reconciliación social
Con poco más de seis millones de habitantes, Nicaragua es un país centroamericano que limita con Costa Rica, al sur, y Honduras, al norte. Es el segundo país más pobre de una región extremadamente desigual, solo superado por el Estado fallido de Haití. País de volcanes, de bellas costas y naturaleza exuberante, Nicaragua no ha tenido un momento de paz en el último siglo: a la longeva dictadura de la dinastía Somoza, la guerra de los años 80 y el devastador huracán Mitch de 1998, les siguieron en el siglo XXI la crisis económica global y la autocracia represiva encabezada por Daniel Ortega, acompañado por los partidos políticos, supuestamente opositores, y otros actores cómplices del sistema.
Como su hermano Humberto, Daniel Ortega fue una figura del marxista Frente Sandinista de Liberación Nacional, la organización armada que acabó con los Somoza en 1979. Pese a carecer de un carisma especial, y quizá precisamente por ello, Ortega fue el elegido para liderar la Junta de Gobierno para la transición política. Esto le otorgó presencia pública y, en 1984, en las primeras elecciones democráticas, fue elegido presidente, en un mandato condicionado por la guerra civil y el colapso de la URSS.
Erosionado por la corrupción y el impacto de un conflicto bélico en el contexto de la Guerra Fría, Ortega perdió los siguientes comicios frente a Violeta Chamorro, viuda del director del diario La Prensa Pedro Joaquín Chamorro, asesinado en 1978 por la dictadura de los Somoza. Fue con ella con quien se puso fin al conflicto con la Contra. Tras un periodo de reconciliación, los siguientes gobiernos liberales se caracterizaron por la corrupción, con especial mención a Arnoldo Alemán, y la sociedad volvió a confiar en 2006 en Daniel Ortega.
El regreso al poder de Daniel Ortega y Rosario Murillo
La vuelta al poder de Ortega trajo consigo el inicio de la persecución de las voces críticas. En sus últimos años en Nicaragua, Haydee Castillo fue perseguida y víctima de agresiones físicas, campañas de desprestigio y atentados contra su vida y su entorno familiar. También fue encarcelada por su oposición al régimen. Estas circunstancias la obligaron a salir de manera irregular del país y a refugiarse en Estados Unidos, donde vive actualmente. En 2023, el gobierno nicaragüense, en un movimiento insólito y con la ausencia total de garantías jurídicas, despojó de la nacionalidad nicaragüense a más de 300 personas, entre ellas Haydee Castillo o la escritora y exguerrillera Gioconda Belli, actualmente instalada en el exilio en Madrid. Además de quitarles la nacionalidad, el régimen los despojó de todos sus bienes y los declaró prófugos de la justicia y traidores a la patria. Pese al exilio forzado y la pérdida de la nacionalidad, Haydee Castillo continúa con su trabajo de documentación de las violaciones de derechos humanos en Nicaragua a través de sus actividades personales y del Instituto para la Transformación Social Las Segovias, con un compromiso firme y una voluntad indestructible. Por su trabajo, la activista ha sido galardonada con el XLIV Premio por la Paz y ha obtenido el Reconocimiento Internacional Acampa a la Defensa de los Derechos Humanos 2024, entre otros.
En su segunda etapa, alejado del sandinismo originario y reconvertido en creyente católico, Ortega ha consolidado su poder, ha cambiado las leyes para eternizarse en el cargo y ha centralizado la toma de decisiones en su núcleo cercano, incluida su esposa, Rosario Murillo.
Tras años de abuso de poder y denuncias constantes de fraude electoral, el descontento social estalló en abril de 2018, ante la indolencia de la dictadura de Ortega-Murillo frente al incendio de una de las principales reservas naturales de la región, llamada “Indio Maíz”, y ante una reforma de la Seguridad Social. En los tres meses de enfrentamientos, la sociedad desafió al Gobierno, que nunca antes había afrontado protestas semejantes y que respondió con virulencia: se contabilizaron cientos de arrestos y 355 muertos. Se estableció una mesa de diálogo que detuvo la violencia temporalmente; sin embargo, una vez concluidas las infructuosas negociaciones, Ortega inició una nueva fase represiva: ilegalizó medios de comunicación críticos y organizaciones sociales, y persiguió y encarceló a quienes participaron en las protestas.
En las elecciones generales de 2021, como si nada les penalizara, el FSLN de Ortega, en un fraude descomunal, aseguró tener el 75% de apoyo en las urnas, el mejor resultado de su historia. «El presidente Ortega fue elegido para un cuarto mandato consecutivo en noviembre [de 2021], en medio de una escalada represiva contra críticos y la oposición política. Muchos gobiernos de Europa y de la región, aglutinados en la Organización de Estados Americanos (OEA), manifestaron que las elecciones no cumplían con las garantías mínimas para ser consideradas libres y justas», destacó en su informe de 2021 Human Rights Watch (HRW).
Ante esta situación, Haydee Castillo, que dio parte de su vida a la causa sandinista, siente tristeza y rabia. «Se trata de un proyecto traicionado y fallido, porque nuestra aspiración era una Nicaragua sin presos políticos, ni analfabetismo, ni pobreza. A principios de los 90, todas esas ilusiones desaparecieron y la revolución fue traicionada por una parte de los dirigentes». Sin esperanza, muchos nicaragüenses intentan escapar, y por eso son la segunda comunidad que más peticiones de asilo registró en 2021, más de 100.000, solo superada por la afgana.
¿Cómo te inicias en la lucha sandinista?
Yo procedo de una familia humilde, pero con empuje y trabajadora. Crecí escuchando las barbaridades que hacían las dictaduras militares de aquel momento en distintos países (en referencia a las dictaduras en diferentes países de Latinoamérica durante las décadas de los 50, 60 y 70). También crecí con el triunfo, en 1959, de la revolución cubana. En Nicaragua estábamos bajo la dictadura de Anastasio Somoza. Mi padre tenía una radio de onda corta y escuchábamos las noticias de La Habana, Cuba, y otras emisoras. Estábamos al corriente de cómo avanzaba la lucha revolucionaria en Cuba, en Chile, en Argentina, en República Dominicana y en otros países que sufrían regímenes militares dictatoriales. ¡No éramos el único país que estaba bajo una dictadura! En casa siempre se nos enseñó la importancia de la igualdad y de la justicia. En aquel tiempo no se hablaba tanto de los derechos humanos, pero sí de la importancia de la libertad. Yo, por mi parte, leía los discursos que pronunciaban los líderes de la revolución cubana, las ideas de Camilo [Cienfuegos], Fidel [Castro], el Che, la historia y la obra de san Francisco de Asís, etcétera. Sabíamos de la situación en Chile bajo la dictadura de Pinochet y de otros lugares del mundo. Eso marcó mi sistema de valores.
Vienes de una familia de maestros y tú misma siempre has estado muy involucrada en el movimiento estudiantil.
Mi madre era maestra interina. Y sí, en mi familia hay muchos maestros y todos estuvieron siempre muy involucrados en el desarrollo de la comunidad. Ya desde pequeña fui elegida presidenta de sección en primaria (delegada de clase). Proponíamos iniciativas y organizábamos actos culturales para recaudar fondos y cubrir algunas necesidades de la escuela… Fui deportista y también estuve en la banda de música, y así fui construyendo mi vida. De adolescente formé parte de la Cruz Roja, en aquel momento llamada la Cruz Heroica de la Juventud. Allí empecé a repartir comida en barrios empobrecidos y me enteré de la existencia de los presos políticos, a quienes visitábamos en las cárceles. Todo esto me sensibilizó, tanto a mí como a mis hermanos, quienes también han estado involucrados en los movimientos reivindicativos. Durante mis estudios superiores también participé en el movimiento estudiantil y empecé a relacionarme con gente que estaba implicada en la lucha revolucionaria. Siempre estuve muy informada sobre las actividades del Frente Sandinista de Liberación Nacional y fue entonces cuando nació mi compromiso. En 1978 formé parte de la organización de una huelga general que tenía como objetivo mejorar las condiciones de los presos políticos, a quienes tenían aislados y a quienes torturaban. También nos manifestábamos contra las torturas a las mujeres campesinas y contra la concentración de la riqueza, entre otras cosas. Tomamos la escuela religiosa donde estudiábamos. Eso supuso un punto de inflexión en mi implicación con la Revolución.
Tras el triunfo de la revolución, hiciste mucho trabajo de activismo y de todo tipo luchando en defensa de la Revolución. ¿En qué consistía tu trabajo?
Yo siempre estuve muy relacionada con el mundo de la juventud y los estudiantes. Me tocó atender los institutos de secundaria y las universidades. Soy parte de esa generación sacrificada de mujeres y hombres jóvenes, ilusionados, con un pensamiento diáfano, que lo dimos todo creyendo que era posible la construcción del hombre y la mujer nuevos y de un país con dignidad y autodeterminación donde prevalecieran la igualdad y la justicia social. Digo que lo dimos todo porque sobrevivimos de milagro. A mí me tocó hacer de todo: impulsar los derechos de las mujeres jóvenes, participar en la reforma universitaria para vincularla a la comunidad, promover el liderazgo juvenil y estudiantil, cortar algodón, movilizarme junto a miles de ellos para recolectar la cosecha del café en las zonas de conflicto bélico. Y cuando la guerra escaló, los jóvenes nos vimos involucrados de distintas formas en el drama que fue el Servicio Militar. Después fui trasladada a la Asociación de Mujeres Nicaragüenses Luisa Amanda Espinoza, donde era una de las integrantes más jóvenes del Ejecutivo Nacional.
¿Cómo te sientes al darte cuenta de que un proyecto por el que luchaste tantísimo ahora no solo te da la espalda, sino que os expulsa a todos?
Resulta sumamente doloroso pensar que, como mujer joven, yo, al igual que miles de nicaragüenses, dimos lo mejor de nosotros a este proyecto con la convicción de que podía ser un parteaguas: transitar de la guerra a la paz, del empobrecimiento al desarrollo, de una vida sometida a los designios de otros países a la definición propia del país. Pensábamos que podríamos reafirmarnos como país en plena dignidad, pero progresivamente ese proyecto se fue esfumando. Al principio, por la guerra financiada por Estados Unidos; pero después por los excesos, la corrupción y las ambiciones de un grupo de sus dirigentes, el que lidera Daniel Ortega. Se trata de un proyecto secuestrado. También han secuestrado su historia y sus símbolos: se apropiaron de una revolución que no solo llevaron a cabo ellos, sino que se hizo con la participación de decenas de sectores del pueblo nicaragüense. Duele muchísimo porque muchos de los amigos y compañeros con los que había trabajado antes y durante la revolución se quedaron en el camino. Duele por el compromiso que adquirimos en la juventud con la causa a todos los niveles y en todos los ámbitos. Cuesta convivir con este dolor y este sentimiento de traición.
¿Qué sentiste cuando te informaron de que te habían quitado la nacionalidad?
Para mí fue duro saber que me habían quitado la nacionalidad nicaragüense, pero también sé que nadie puede despojarte de tu nacionalidad, con la que uno nace. Lo viví con indignación e impotencia. Ese momento fue mucho más doloroso que cuando fui capturada en el aeropuerto de Nicaragua. Recuerdo oír gritar a mis hijos diciéndome que me habían quitado la nacionalidad y que me habían despojado de todos nuestros bienes. Nos declararon traidores a la patria. Eso supone una muerte civil y restringe nuestros movimientos.
¿Cuál crees que será el devenir del régimen Ortega-Murillo?
Siempre tengo la esperanza de que en Nicaragua vuelva a “salir el sol”, porque los nicaragüenses somos un pueblo digno que, como el ave nacional, el guardabarranco, no puede vivir subyugado y sin libertad. Sé que, tarde o temprano, del mismo modo que se salió de la dictadura de Somoza, saldremos de esta. El pueblo de Nicaragua es lo bastante creativo y valiente como para encontrar la libertad.
¿Cómo es tu relación con el exilio?
Esta experiencia de vida me ha enseñado muchísimas cosas. En primer lugar, que uno no puede decir «de esta agua no beberé». Nosotros hemos sido muy críticos con la colonización española, con las barbaries cometidas contra los pueblos originarios; pero ahora ha sido España quien nos ha otorgado la nacionalidad y nos ha permitido restablecer nuestros derechos civiles y poder seguir luchando por la libertad de Nicaragua. Por otro lado, nosotros siempre fuimos formados en valores antiimperialistas y en contra de las invasiones de las fuerzas militares de Estados Unidos y su presencia en el país. Nacimos y crecimos en esos contextos históricos, pero ahora es mi deber reconocer que han sido el pueblo y el gobierno estadounidenses quienes me han brindado seguridad y asilo político. No es nada fácil. Llevo seis años de exilio y he pasado mucho dolor y mucha ansiedad, al saberme hundida y saber que el resto de mi familia seguía en Nicaragua. Me siento arrancada de mis raíces. Yo aquí [en Estados Unidos] me sentía de paso, pero después te vas dando cuenta de que hay que convertir este exilio político en una tribuna de denuncia de la barbarie y seguir luchando por la transición a la democracia en Nicaragua.
Sigues gestionando el Instituto de Liderazgo de Las Segovias
Los paramilitares creyeron que, asaltando el Instituto de Liderazgo de Las Segovias, nuestra misión desaparecería, pero no ha sido así. Esa ha sido mi tarea desde el exilio: revivir, reanimar y repensar esta institución. El trabajo desde aquí no se ha detenido ni un día: he seguido monitoreando la situación de Nicaragua en contacto con la población que está allí de manera permanente, he documentado las denuncias y las he trasladado a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, he hecho incidencia ante la Organización de los Estados Americanos (OEA) y las Naciones Unidas y he conversado con los dirigentes de distintos países para que la comunidad internacional nos acompañe en la liberación de todas las personas presas políticas y en la transición hacia la democracia. También he acompañado los procesos de asilo de otros nicaragüenses en distintos países del mundo y sigo trabajando en el impulso del desarrollo psicosocial con mis hermanas y hermanos en el exilio, para superar los traumas y el duelo eterno que hemos vivido a lo largo de la historia de Nicaragua. Necesitamos reconstruir Nicaragua, ya no desde el dolor, sino desde la esperanza en un mañana mejor.