Zainab Saberi nació en Afganistán, pero ha vivido gran parte de su vida en Irán. Licenciada en Derecho por la Universidad Gawharshad y máster en Derecho Penal por la Universidad Internacional Imam Khomeini en Irán, ahora vive instalada en Barcelona en el marco del programa “Escriptor Acollit” del PEN Català. Implicada desde muy joven en proyectos humanitarios y la defensa de los derechos de las mujeres y de la minoría hazara, a la cual pertenece, tuvo que huir de Afganistán cuando los talibanes volvieron al poder.
Después de ser detenida e interrogada en varias ocasiones por denunciar los crímenes del régimen talibán contra las mujeres y las minorías étnicas; y después de haber sufrido violencia física, psicológica y amenazas, Saberi huyó del país con su hija el verano del 2021, cuando las tropas estadounidenses se retiraron del país.
Además de hacer su residencia en Barcelona, actualmente Zainab Saberi colaboraba como periodista investigadora voluntaria con Bolaq Analyst Network, una ONG independiente con sede en los Estados Unidos. Su trabajo consistía en documentar los crímenes perpetrados por parte de los talibanes y grupos islámicos extremistas contra la minoría hazara, pueblo al cual ella pertenece. Además de su tarea como documentalista y periodista, Saberi también pone la mirada en el arte como forma de terapia y de protesta.
Zainab Saberi pertenece al pueblo hazara, una minoría de credo chií que ha sufrido históricamente la persecución y que ha tenido que migrar de manera forzada para sobrevivir. Si bien durante el siglo XIX los hazaras eran el grupo étnico afgano más numeroso, después de las masacres que se llevaron a cabo entre el 1891 y el 1893 en el marco de la Guerra hazara, la población disminuyó considerablemente. La campaña genocida contra ellos obligó a muchos miembros de esta comunidad a huir al Pakistán o al Irán. “La discriminación sistemática, así como los recurrentes episodios de violencia selectiva y desplazamiento forzado, han provocado que la comunidad hazara haya perdido gran parte de su población y su posición en la jerarquía social de Afganistán moderno”, aseguran desde la organización Minority Rights Groups.
La violencia, la discriminación, la estigmatización tanto religiosa como identitaria y la persecución todavía es una realidad para los miembros de la minoría hazara, que es el blanco de los talibanes, pero también, en el pasado, de grupos extremistas como el Estado Islámico (EI). Los asesinatos en masa, los secuestros, los atentados y el subdesarrollo de las regiones donde viven las comunidades hazara fueron una constante durante el reinado de los talibanes, antes de la invasión norteamericana. En la actualidad, la situación no ha cambiado demasiado: las oleadas de violencia contra las mezquitas donde rezan, el desmantelamiento de centros culturales y educativos hazara, las restricciones, y, en definitiva, la discriminación institucionalizada contra la minoría continúa siendo una realidad. También lo es la impunidad.
En este contexto, Zainab Saberi trabaja desde hace años para documentar las violaciones sistemáticas de los derechos humanos contra los integrantes de esta minoría. A través de entrevistas y la reconstrucción de los hechos, deja constancia del genocidio contra su pueblo.
2021, el regreso de los talibanes al poder
Después de veinte años de ocupación y guerra, en agosto del 2021, los Estados Unidos retiraron las tropas de Afganistán. Se habían establecido en 2001, cuando se llevaron a cabo los atentados en Nueva York contra las Torres Gemelas yen Washington. Después del ataque, la Administración de George W. Bush decidió invadir Afganistán con el objetivo de hacer caer el régimen de los talibanes, en el poder desde 1996. Se calcula que cerca de 25.000 personas murieron en Afganistán durante los años de la ocupación estadounidense.
La retirada de las tropas por parte de los Estados Unidos el 15 de agosto del 2021, bajo el liderazgo del presidente Joe Biden, propició la vuelta al poder de los talibanes, hecho que ha ocasionado el deterioro de los derechos de la ciudadanía, especialmente de las mujeres —que no pueden estudiar más allá de los doce años y a quienes se los prohíbe ejercer determinadas profesiones o ir solas por la calle, entre otros— y los pueblos minorizados del país.
La situación precaria de los derechos humanos en el país ha hecho que desde entonces, el goteo de personas que deciden marchar haya estado constante. Muchas de ellas, como Zainab Saberi, lo hacen a través del Pakistán, donde los organismos internacionales también han documentado vulneración de los derechos de las personas afganas que buscan refugio.
El regreso de los talibanes al poder ha afectado especialmente a las mujeres y las niñas. De hecho, las Naciones Unidas hablan de “la crisis de derechos de las mujeres más grave del mundo”. Se calcula que más de 10 millones de mujeres y niñas en el país necesitan asistencia humanitaria de manera inmediata, sobre todo en materia de vivienda, atención médica y acceso al agua potable. Desde que los talibanes están en el poder, ha aumentado el número de matrimonios infantiles y los embarazos de adolescentes; la representación de las mujeres en la toma de decisiones, así como el acceso a los espacios públicos es, hoy por hoy, inexistente.
Los talibanes también han puesto en el punto de mira las organizaciones de la sociedad civil orientadas a proporcionar herramientas a mujeres y jóvenes. La criminalización de la ayuda internacional ha hecho que muchas de estas organizaciones hayan tenido que dejar sus proyectos en Afganistán. Como consecuencia, miles de mujeres han quedado desprotegidas.
ACNUR calcula que, desde que los talibanes se hicieron de nuevo con el poder, más de un millón y medio de personas han huido del país; la gran mayoría a través de Pakistán; país donde sus derechos continúan siendo vulnerados. A menudo se les confisca la documentación y se los devuelve en Afganistán, con todo lo que esto implica.
La normalización de los talibanes al mundo
Desde el 2021, los talibanes han intentado blanquear su imagen y presentarse al mundo como unos gobernantes moderados. A pesar de su mano dura contra las mujeres y los grupos minorizados —Human Rights Watch ha calificado las acciones contra las niñas y las mujeres como ‘crímenes de lesa humanidad’—y sus violaciones sistemáticas de los derechos humanos, el caso es que disponen de embajadas en diferentes países.
Una prueba de la normalización del régimen es el encuentro mantenido, a finales de junio, entre una delegación de talibanes —a quienes se les concedió un visado especial— y miembros del Parlamento Europeo. El objetivo de la reunión, muy criticada por las organizaciones internacionales que se dedican a la defensa de los derechos humanos, era debatir sobre la deportación de solicitantes de asilo afganos desde Europa. El encuentro se enmarca en la puesta en marcha del nuevo Pacto Europeo de Migración y Asilo PEMA) y la nueva Directiva de Retorno, aprobada el pasado 17 de junio en Estrasburgo por el Parlamento Europeo.
¿Por qué o cómo te empiezas a interesar por la defensa de los derechos humanos?
Como mujer afgana, si vives en Afganistán, puedes ver los problemas que tienen que afrontar en este país las mujeres. Empecé trabajando como voluntaria con la Comisión de Derechos Humanos, y cada día veía muchas mujeres que sufrían violencia. Los problemas de las mujeres en Afganistán están relacionados con nuestra cultura; porque tenemos derechos y leyes; y algunas de estas leyes incluso nos apoyan; pero no podemos acceder a nuestros derechos a causa de problemas estructurales que hay en el país. Hay ciertas actitudes que los afganos han aceptado como roles establecidos y que se han continuado dando de manera deliberada, como por ejemplo el hecho de considerar las mujeres una propiedad de los hombres.
En Afganistán, si recibes violencia en casa y vas a la policía o te pones en contacto con las autoridades, la misma familia y el resto de la sociedad te considera una mujer de mala reputación. Y no puedes hacer nada más que callar, porque ni tu familia te apoya.
Eres de origen afgano, pero naciste y has vivido gran parte de tu vida en Irán. ¿Cómo ha sido vivir siendo una minoría étnica en la República Islámica?
En realidad, vivir en Irán ha tenido sus altibajos. Nosotros, los hazaras, tenemos una fisonomía diferente, asiática. En Irán sufrimos abuso psicológico a causa de nuestros rasgos físicos, pero también sufrimos explotación laboral, y hacer frente ha sido difícil. Por otro lado, crecí. Tengo amigos, y mi familia todavía vive allí. Cuando los talibanes volvieron al poder en Afganistán, mi familia insistió en que volviera a Irán, pero decidí no hacerlo porque no quería volver a vivir aquella experiencia.
¿A qué tipo de maltratos os enfrentáis los hazaras?
Los hazaras de Afganistán hemos sufrido más de un siglo de persecución sistemática por nuestros rasgos asiáticos, nuestro dialecto y nuestra fe chií en un país predominantemente suní. Este sufrimiento tiene raíces históricas profundas. En la década de 1890, los hazaras empezaron a ser señalados por “infieles” y aproximadamente el 60% de la población hazara fue asesinada o desplazada. Esta violencia resurgió a lo largo del siglo XX.
Desde que los talibanes tomaron Kabul en agosto del 2021, esta persecución ha continuado. Los hazaras han sido asesinados y mutilados en escuelas, hospitales, mezquitas, autobuses, bodas, mercados y clubes deportivos, muchos de ellos a Dasht-e-Barchi, el barrio oeste de Kabul donde vive la mayoría de los hazaras de la ciudad. Entre enero del 2017 y junio del 2021, la ONU documentó 2.458 víctimas civiles hazaras. Más allá de los asesinatos directos, la comunidad sufre desplazamientos forzados, secuestros y la destrucción de hogares y medios de vida.
Aun así, las estadísticas por sí solas no pueden captar lo que significa vivir bajo esta sombra. Como persona que vivió en Afganistán después del retorno de los talibanes, fui testigo de cómo la comunidad hazara se ha vuelto todavía más vulnerable. La exclusión nos sigue por todas partes: en las calles, en las escuelas, en los hospitales, literalmente en todas partes. Se producen ataques contra los medios de transporte público y los vehículos. Incluso los niños aprenden a tener miedo: recuerdo que mi hija, cuando vivíamos en Afganistán y solo tenía cuatro años, nunca quería ir en coche y siempre insistía en ir a pie. Resulta complicado vivir así. Todos estos actos pueden ser considerados un genocidio, en base a loque se llama en el artículo II de la Convención sobre el Genocidio, porque hay una intencionalidad. Somos un pueblo perseguido simplemente para existir, el dolor del cual el mundo ha ignorado demasiado a menudo.
Huiste de Afganistán a través de Pakistán. ¿Cómo fue este proceso?
En Pakistán estuve tres meses y todo fue un gran reto. Las personas que me apoyaron hicieron todo lo posible y me ayudaron mucho, pero lo que costó más fue conseguir el visado. Me querían emitir un visado de estudiante, pero claro, me pidieron el certificado de antecedentes penales, un reconocimiento médico y otros documentos. Esto era difícil de conseguir. Porque pasa una cosa: España no reconoce el gobierno de los talibanes, pero sí acepta sus documentos. España me pedía certificados que tenía que conseguir de los talibanes.
No tiene mucho sentido, ¿no?
Si no reconocéis a los talibanes como gobierno, entonces no hace falta que les pidáis ninguna documentación. El reto más grande siempre fue conseguir el visado. En Pakistán, sólo podía estar dos meses, con lo cual, mi visado de allí también caducó y la policía paquistaní nos arrestó y nos llevaron a un centro [de detención]. Fue entonces cuando el PEN Català habló con el presidente de la Generalitat de Cataluña y con el alcalde de Barcelona, y ellos se pusieron en contacto con la embajada. Finalmente me emitieron un visado humanitario.
En Barcelona formas parte del programa Escriptor acollit del PEN Català. ¿Cómo es tu vida aquí?
Estoy haciendo unos cursos de catalán y todo va muy bien. Me apoyan física y mentalmente y mi hija va a la escuela cada día. Tenemos una casa muy agradable y todo va bien; sobre todo porque me están ayudando a recuperar la confianza en mí misma, y también me ayudan a aprender algunas habilidades que me irán bien de cara al futuro. Algunas voluntarias vienen cada semana a casa para hablar conmigo y ayudarme a establecer vínculos.
¿En qué consistía tu trabajo con Bolaq Analyst Network?
Con ellos colaboraba escribiendo sobre el genocidio hazara y sobre derechos humanos. Recogemos información sobre las personas que habían perdido la vida en explosiones. Íbamos a los hospitales, a las universidades, a las escuelas, e intentábamos encontrar a sus familias. Después íbamos a sus casas y les pedíamos que nos explicaran cómo había ido todo, les grabamos en video y lo recopilamos todo. Si queremos que el resto del mundo reconozca el genocidio hazara en Afganistán, se tiene que documentar todo.
Tu familia está en Irán. ¿Cómo viven todo lo que ha pasado?
Mi madre y mi hermana no tienen documentos de identidad en Irán porque el gobierno no se los ha expedido. Además, la hija de mi hermano no puede ir a la escuela porque no se lo permiten. Además de esto, siempre que surge algún problema o conflicto entre el gobierno y la población, el gobierno culpa a los refugiados. Por ejemplo, con el ataque de Israel a Irán, por las redes sociales se dijo que las personas de origen afgano habían enviado ubicaciones e información al Estado israelí. Esto hace que la vida cotidiana cada vez sea más difícil.
Una de tus aficiones es pintar y usar el arte como terapia.
Creo que el arte es un lenguaje del cual todo el mundo puede extraer algún aprendizaje o mensaje. Yo utilizo el arte como lenguaje de protesta. Todas mis pinturas tratan sobre la situación de las mujeres en Afganistán.
Tenemos alguna información que llega sobre cómo ha empeorado la situación de las mujeres en los últimos meses en Afganistán, pero tampoco demasiado, puesto que apenas hay reporteros internacionales en el país. ¿Cómo es la situación actual allá?
En Afganistán la violencia contra las mujeres ha aumentado; se han aprobado nuevas leyes muy restrictivas sobre las mujeres. También hay nuevas leyes sobre el matrimonio de menores y el matrimonio forzado. Por otro lado, el problema que hay es que las mujeres en Afganistán no solo tienen que hacer frente a la violencia de la sociedad; sino que también se encuentran con esta violencia dentro del entorno familiar. Además, la situación se ha ido deteriorando porque no pueden trabajar: cuando no tienes trabajo, una ocupación mental, te hundes. De todos modos, nos solemos quedar en la superficie de los problemas. Tengo amigas que me preguntan si las puedo ayudar a salir del país. Me preguntan por las becas. Es duro. Algunas, incluso, se plantean marchar del país a través de un matrimonio con personas que no conocen; solo para tener una vía de salida. No importa la edad de la otra persona ni nada más; sólo quieren irse.
Otra cosa en la cual me fijé antes de abandonar el país es que el número de mujeres pidiendo limosna había aumentado mucho. Antes de la vuelta al poder de los talibanes, en nuestra parte de la ciudad, en Barchi, no había muchas. Pero ahora sí, las ves delante de la panadería, pidiendo un trozo de pan. La gente se aprovecha de estas chicas que están en la calle, que no tienen familia ni nadie que les apoye. No tienen nada. Muchos hombres las violan. Por eso digo que están pasando muchas cosas que no nos podemos ni imaginar.
¿Cómo recibiste la noticia que las tropas estadounidenses abandonaban el país, en agosto del 2021?
Aquel día fue realmente duro. Lo primero que pensé es que yo formo parte del pueblo hazara. Pensé que vendrían a casa nuestra y que se desencadenaría un gran genocidio en Barchi. Recuerdo haber deseado que me mataran a mí primero antes que a mi hija.
¿Cómo te sientes ante el hecho que los talibanes sean recibidos diplomáticamente en otros países y reconocidos como interlocutores válidos?
Creo que los talibanes, como gobierno, constituyen un crimen contra los derechos humanos. No puedes ser defensor de los derechos humanos y al mismo tiempo recibirlos diplomáticamente. No lo entiendo. Considero que la gente tiene que presionar a sus gobiernos para que no reconozcan el régimen de los talibanes. También hay otra cosa que creo que es importante: la comunidad internacional pide a los talibanes que abran las puertas de las escuelas, pero no tendría que ser así. Hace falta que los talibanes cierren también las escuelas para los niños. Porque ahora, los niños en el país están recibiendo la educación que los talibanes quieren. Esto quiere decir que en cuestión de 10 o 20 años toda la población compartirá las ideas de los talibanes. Y esto no es bueno ni para Afganistán ni para el mundo.