Hanna Lemma

Derechos de las mujeres
Etiòpia

“Debido a la desventaja económica, las mujeres somos víctimas de matrimonios y parejas en las que sufrimos abusos económicos, psicológicos y físicos”

Hanna Lemma, investigadora especializada en igualdad de género e inclusión social, es directora de Addis Powerhouse, una organización feminista que trata de revertir las normas discriminatorias y la desigualdad en los derechos relativos a la mujer en Etiopía. Oriunda de Adís Abeba, la capital del país más extenso del Cuerno de África, a diferencia de la mayoría de las mujeres etíopes, Hanna Lemma contó con el apoyo educativo decidido de su familia, que dejó a un lado los roles de género estipulados en la sociedad y la animó a estudiar y forjarse un camino propio. “Me impulsaron a trabajar por los derechos de género. En la sociedad en la que vivimos, todas entendemos la desigualdad existente, y el hecho de que priorizaran la educación y el empoderamiento es, sin duda, lo que me traído hasta aquí”, reconoce quien comenzó a involucrarse en el movimiento feminista a partir de 2017.

Fue durante la propagación del Covid19 cuando Hanna Lemma dio un paso más en su activismo. En esa época de encierro, un grupo de mujeres comenzó a preocuparse por los efectos de la pandemia en las mujeres, la gran mayoría de ellas sin acceso a las herramientas digitales ni posibilidades de formación. Para amplificar su voz y los temas que a ellas les preocupaban, en 2020 Hanna Lemma fundó Addis Power House, que nació como una plataforma digital con boletines informativos y contenidos sobre la igualdad de género.

“Vimos que había potencial para convertirnos en una plataforma digital de producción de conocimiento feminista. Hemos sido muy activas en las redes sociales y, actualmente, tenemos un podcast y realizamos proyectos de narración de historias”, explica. “Hemos visto que, en lo que respecta a la defensa de los derechos, contar historias es algo fundamental para que la gente vea cómo viven las mujeres y pueda formarse su propia opinión”, añade.

Actualmente, Addis Powerhouse realiza labores de formación educativa y lleva a cabo investigaciones para encontrar evidencias que, más tarde, utiliza para exigir que se mejoren las leyes que protegen los derechos de la mujer. Además, este colectivo busca que la mujer tenga una representación social y política adecuada y, al hacer visibles temáticas como el acoso escolar o la violencia de género, que la sociedad se sensibilice y deje a un lado las prácticas patriarcales que relegan a la mujer a un segundo plano. En definitiva, esta organización quiere sacar a la mujer del silencio, la marginalidad y el olvido, y, por supuesto, quiere terminar con la violencia sistémica que sufre: el 40,3% de las mujeres entre 20 y 24 años en el país se casa antes de los 18 años, por lo que la losa del matrimonio infantil sigue vigente en Etiopía; y en 2018, el 26,5% de las mujeres había sufrido violencia física y/o abuso sexual de sus parejas sentimentales.

Etiopía, el caso del Nobel de la Paz que se volvió autoritario

Abiy Ahmed Ali se convirtió en primer ministro de Etiopía en abril de 2018, tras casi un lustro de inestabilidad social debido a las protestas encabezadas por la descontenta etnia oromo. Ahmed, un oromo, el primero de esta etnia en dirigir el país, comenzó su mandato con una serie de medidas deslumbrantes que supusieron una gran esperanza para un país habituado a los liderazgos autoritarios. En este caminoliberó a miles de presos políticos, pavimentó el retorno de grupos opositores exiliados considerados “terroristas” y llevó a cabo reformas que permitieron cierta libertad de expresión e igualdad social. Una época llena de optimismo en la que incluso se consiguió entablar un proceso de normalización en las relaciones con la vecina Eritrea, con la que Etiopía mantuvo una cruel guerra entre 1998 y 2000. Por estas y otras razones, Ahmed fue galardonado con el premio Nobel de la Paz en 2019.

Sin embargo, mientras recogía ese reconocimiento en Oslo, en la propia Etiopía se estaba gestando un conflicto. En la zona norte del país, en la región de Tigray, en noviembre de 2020 estalló una guerra civil que enfrentó al Ejército etíope con la fuerza política y social dominante en la zona, el Frente de Liberación Popular de Tigray, organización izquierdista que encabezó la rebelión que había derrocado al dictador Mengistu Haile Mariam en 1991 y que, hasta 2018, dominó la política nacional. En este conflicto, en el que también intervino el tercer actor en discordia, Eritrea, todos los actores involucrados cometieron manifiestas violaciones de los derechos humanos durante los dos años de contubernio. Aunque en 2022 se alcanzó un frágil acuerdo de paz, la guerra terminó llevándose por delante el respeto internacional que tenía Ahmed, el Nobel de la Paz que eligió ir a la guerra.

Los avances ilusionantes de 2018 han ido contrayéndose y, en el presente, el espacio para la crítica se ha reducido enormemente en Etiopía. En este auge y caída, la mujer etíope ha experimentado los vaivenes del contexto político-social del país. En el primer Gobierno de Ahmed, las mujeres ocuparon la mitad de los puestos ministeriales y se nombró presidenta a Sahle-Work Zewde, la primera mujer en ostentar este cargo en la historia de Etiopía. Pero la guerra cambió la dinámica, y la representación femenina comenzó a reducirse. Además, el conflicto en Tigray supuso un trauma profundo para las mujeres, para esas madres que no solo perdieron a sus hijos, sino que vieron a sus hijas convertidas en un trofeo de guerra, en un objetivo sistemático con el que causar dolor al oponente: se estima que entre el 40 y el 50% de las mujeres en Tigray sufrieron algún tipo de violencia sexual durante el conflicto.
Pese a la guerra y al viraje autoritario que contrae a las organizaciones civiles, Etiopía es hoy por hoy uno de los países de África en los que el marco legal mejor protege los derechos de la mujer. Aunque, como apunta la ONU, aún hay trabajo por hacer en parcelas como la igualdad laboral. De hecho, el principal problema en Etiopía no son las leyes, sino su implementación y la propia cultura patriarcal: las autoridades dejan a un lado muchos de los derechos estipulados en una sociedad conservadora que aún no acepta el rol preponderante de la mujer, a la que se ve principalmente como madre y ama del hogar.

Entrevista a Hanna Lemma

¿Son comunes familias como la suya, que la ayudó en su camino feminista, o generalmente en los hogares se rechazan causas como la igualdad de género?

No es nada común. En un país patriarcal como Etiopía se prioriza la educación de los niños. Cuando las niñas estudian, se les dice que es hasta el matrimonio; que deben priorizar el matrimonio, la familia y el hogar por encima de la educación. Así que, aunque no es algo único, la experiencia de mi familia no es la más común, más si se tiene en cuenta que a mí me impulsaron para ser defensora de la igualdad de derechos de la mujer. Como en muchas sociedades, las feministas suelen ser vistas como las que no se casan y no son humildes, como las que rechazan las normas sociales y los valores matrimoniales y familiares.

Etiopía es un país diverso. En el respeto de los derechos de la mujer, ¿hay grandes diferencias entre las etnias y las regiones?

Sin duda. Como nación, Etiopía practica un sistema de valores patriarcales que se refleja en nuestra cultura en general, pero también en grupos étnicos específicos, y tenemos muchos. Si bien la mayoría es patriarcal, la violencia se representa de forma distinta dependiendo de la propia cultura. Por ejemplo, el matrimonio infantil es muy común en el norte del país, entre grupos étnicos amhara; pero más al sur, hacia el este, la mutilación genital femenina es un tipo de violencia de género muy común, considerada una práctica cultural y religiosa. Así que cada región tiene sus costumbres, pero, sin duda, existe mucha violencia de género en una arraigada cultura patriarcal.

¿Cuáles son las principales formas de discriminación que sufre la mujer en Etiopía?

Empezaría por la representación política y la toma de decisiones. No muchas mujeres llegan a las mesas de toma de decisiones. Incluso cuando están representadas en política, es principalmente con un carácter superficial y simbólico. Entonces, nuestra influencia política es baja. También diría que económicamente somos el grupo más desfavorecido. Ganamos menos dinero y muchas veces, debido a la desventaja económica, somos víctimas de matrimonios y parejas en las que se sufren abusos económicos, psicológicos y físicos. También incluiría la violencia doméstica dentro de las desventajas. Además, en muchos de los conflictos bélicos, las mujeres somos las principales víctimas de la violencia sexual relacionada con la guerra. Con todo, se está trabajando intensamente con el objetivo de mejorar la participación política de la mujer, garantizar su bienestar económico y protegerla de la violencia de género, ya sea mediante la mejora de las leyes o el fortalecimiento de la aplicación de la ley.

En 2018, la mitad de los puestos ministeriales estaban ocupados por mujeres, aunque el porcentaje ha bajado, y a principios de 2025 se situaba en el 36%.

Fue noticia internacional que el gabinete etíope nombrara a un 50% de mujeres ministras. Es un gran logro porque pocos países en el mundo han podido alcanzar esta paridad de género. Pero después, en 2021 y 2022, surgieron conflictos y, debido a ello, muchas mujeres fueron destituidas de sus cargos ministeriales. Si bien se dieron justificaciones, en contextos de conflicto generalmente se considera que los hombres son más capaces de manejar riesgos urgentes y emergentes. Así que, en su mayoría, fueron hombres quienes terminaron ocupando esos puestos. Diría que la representación política de la mujer ha dejado de ser una prioridad en Etiopía, y se puede observar una disminución de su presencia en el espacio político.

Es coautora del informe Gender Parity Reform as Autocratic Genderwashing? Analyzing Ethiopia’s Post-Protest Experiment , en el que analiza el lavado de imagen de género en países autocráticos. Pese a los intereses políticos personales, ¿qué efectos positivos tiene el genderwashing?

Siempre apoyo la representación política de las mujeres, ya sea simbólica o por mero formalismo. Como Addis Powerhouse, impulsamos que el diálogo político incluya a más mujeres. Para nosotras, la representación de las mujeres es algo innegociable. Tiene siempre un impacto positivo. Motiva a otras mujeres a ocupar cargos políticos; se sienten capaces. Además, el liderazgo femenino tiene impacto en muchas de las agendas que nos importan a las mujeres, porque es capaz de plantear temas que nos preocupan.

¿Cómo protegen las autoridades y las leyes a las mujeres y sus derechos?

La Constitución garantiza la igualdad de derechos. Recientemente se ha publicado una nueva política de género, pero incluso la anterior, aprobada en 1993 y vigente hasta ahora, también era muy abierta en cuanto al empoderamiento y la participación política de la mujer. En comparación con otros países, el sistema legal etíope es sólido. Es algo que siempre afirmamos, pero, en la práctica, en la implementación, es donde fallamos, y esto se debe en gran medida al sistema patriarcal en el que vivimos.

La ultraderecha es muy activa en las redes sociales, y difunde con facilidad y gancho un mensaje contrario a la igualdad de género. ¿Cómo percibe el uso de las redes sociales para su trabajo y para confrontar los discursos de odio?

Hay una retórica antiderechos que estamos importando de Occidente. A menudo se acusa al feminismo de ser importado de Occidente. Tenemos creadoras de contenido tradwife y creadores de contenido antiderechos que atacan directamente a las defensoras de los derechos de las mujeres, a las defensoras de los derechos en general, y esto está creando una polarización extrema en las redes sociales. Nosotras recibimos comentarios muy críticos que, al menos, nos sirven para recabar evidencias sobre las posiciones de la gente. Estos discursos en las redes son uno de los problemas que enfrentamos. Pero, definitivamente, debemos estar en las redes sociales. Si más personas versadas participan en la conversación y más creadores de contenidos comparten la información, mejor podremos resistir la desinformación y, además, generar conocimiento propio.

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