Natali González Arce nació en 1983 en Cali. Neuropsicóloga clínica y social, feminista, entre 2020 y 2022 fue subsecretaria de Derechos Humanos y Construcción de Paz en la Alcaldía de Cali. Natali es activista del Observatorio de Gestión de Conflictos y Construcción de Paz (COBSEPAZ), fundadora de PSICOPAZ, organización centrada en la salud mental y el conflicto, y forma parte de la dirección regional en Cali de Comunes, formación política heredera de las FARC. Antes, desde la juventud, fue agente clandestina del aparato político-social de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP), la histórica guerrilla que en 2016 firmó un acuerdo de paz con el Gobierno colombiano.
Hija única de un padre tapicero y de una madre dedicada a la sabiduría ancestral y el misticismo, Natali creció en Cali, una ciudad del suroccidente de Colombia de la que dice que es «punto de encuentro del mestizaje de las comunidades indígenas y afro». En un entorno de clase media-baja, desarrolló una profunda conciencia política y, a los 15 años, en un contexto marcado por el conflicto, empezó su vínculo con las organizaciones sociales y la justicia social. Un año más tarde ya era vicepresidenta de una junta comunal en un barrio de Cali.
«En una ocasión, tuve un desayuno con [el expresidente] Uribe Vélez. Nos juntaron a los comuneros. Entonces yo no sabía si era de derecha o de izquierda, pero en ese desayuno pude ver cómo esa clase política se organizaba, cómo atribuía los problemas de seguridad a los jóvenes con los que yo trabajaba y que, con el tiempo, serían asesinados», recuerda de una época marcada en su conciencia por el asesinato del humorista Jaime Garzón en 1999.
Fue en ese momento cuando Natali entendió de qué lado estaría en el conflicto en Colombia. Eligió la izquierda radical como forma de defensa de la vida y se unió a las juventudes comunistas para, más tarde, formar parte del movimiento clandestino de impulso bolivariano de las FARC y convertirse en militante del PC3 o Partido Comunista Clandestino Colombiano. Sus acciones fueron perseguidas por las autoridades, y por eso tuvo que llevar una doble vida. «Mientras llevaba mi vida clandestina, estudié mi grado en Psicología y me especialicé en neuropsicología y en acompañamientos psicosociales en contextos de guerra o inseguridad», explica.
Como no fue guerrillera, el proceso de paz alcanzado en 2016 no abarca su caso. Sin embargo, la firma supuso un cambio crucial en su vida: pudo dejar a un lado la clandestinidad y acabar con las vidas paralelas. Ahora, su identidad pública es clara, concisa, transparente. Una personalidad que derriba estigmas que todavía acompañan a las exintegrantes de la guerrilla y que demuestra que, a pesar de las dificultades, sí es posible integrarse en el sistema que se quiere transformar. Eso sí, advierte, no es fácil, sobre todo si se es mujer.
«Nada de lo que estamos hablando puede entenderse fuera de los privilegios. Yo no tuve experiencias de violencia de género, pero la participación de la mujer en política debe verse en función del privilegio», insiste en reflexionar Natali, y recuerda: «La participación ha estado históricamente copada por los intereses del patriarcado, que dice que, si tenemos cierto liderazgo o rango, es por ser las mozas de los comandantes. Pero no es así: las mujeres que nos vinculamos a las organizaciones no fuimos ni cegadas ni engañadas, sino que lo hicimos por convicción. En Cali, muchas mujeres formábamos parte de organizaciones del movimiento bolivariano en las que no se nos incluía, sino que liderábamos».
Colombia, cuando la paz está marcada por la violencia
En 2016, el entonces presidente Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC) firmaron un acuerdo de paz que ponía fin al conflicto armado iniciado en 1964 y que ha dejado alrededor de 120.000 víctimas. Esta paz, llena de imperfecciones, disidencias y represalias, cumple diez años en este 2026. Y aunque las FARC se han disuelto y la mayoría de sus militantes ha iniciado un proceso de integración en la sociedad, la violencia sigue marcando la vida de las personas en Colombia. En regiones como el Cauca o el Guaviare, la situación incluso ha empeorado, marcada ahora por grupos armados que se disputan el vacío dejado por las FARC.
Principalmente, estos grupos armados están formados por las fuerzas disidentes de las FARC, los paramilitares relacionados con el Estado, los militantes de la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional y los grupos criminales aliados del narcotráfico. Dependiendo de la región de Colombia, una facción tiene más o menos presencia, aunque en todos los casos quieren hacerse con el territorio para controlar actividades ilícitas como el cultivo y tráfico de cocaína o la extracción de recursos minerales como el oro. En muchas partes del país, como el Estado no existe, son ellos quienes ejercen de verdadera autoridad, a veces creando un enjambre de alianzas frágiles susceptibles de escalar rápidamente en violencia extrema. Y quienes más sufren esta violencia son los habitantes de esos territorios y los defensores de los derechos humanos.
Así, según los datos del Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (INDEPAZ), solo en 2025 «fueron asesinadas 187 personas que ejercían algún tipo de liderazgo social o labor de defensa de los derechos humanos en Colombia. Esta cifra representa un aumento de 14 asesinatos frente a 2024 e iguala los niveles de violencia alcanzados en 2022, año marcado por las elecciones presidenciales». Aunque no se llega a los niveles de los peores años del posconflicto, de 2018 a 2020, bajo la presidencia de Iván Duque, todavía persisten las escaramuzas, que sobre todo afectan a la población que habita en las zonas rurales, donde la autoridad del Estado se diluye tanto que prácticamente no existe. Reflejo de este desamparo, ni siquiera las representantes políticas son libres; este febrero Aida Quilcué, senadora y defensora del Cauca, fue secuestrada durante unas horas. Por eso, las personas huyen. Solo en 2025, INDEPAZ cuantificó en más de 100.000 las personas desplazadas por el conflicto. En pleno proceso electoral en este 2026, pocas personas consideran que el nuevo presidente colombiano vaya a cambiar esta dinámica enquistada desde hace décadas en Colombia.
Aunque en un ajustado referéndum la sociedad dijo ‘no’ al acuerdo de paz, en 2016 el expresidente Juan Manuel Santos y las FARC siguieron adelante y lo firmaron. ¿Qué problemas persisten?
Preferimos decir que se firmó el acuerdo, porque el modelo de paz que tenemos es imperfecto. La firma del acuerdo no trajo la paz, que no depende solo de la dejación de las armas, sino que necesita condiciones materiales, políticas y sociales. Aunque dejes las armas, si los problemas estructurales persisten, habrá otro tipo de conflicto. Y ahora puedes encontrar conflicto en cada uno de los puntos del acuerdo. El conflicto principal es por el territorio, por el desarrollo económico y comunitario en zonas rurales. El segundo problema es la participación política, que implica que todas podamos participar de manera adecuada, pero hay amenazas persistentes, especialmente en zonas rurales. Otro problema es el de los grupos emergentes, que para nosotros no son disidentes, sino grupos armados organizados situados estratégicamente en los corredores de la droga. Ellos no tienen un ideario, y sus acciones son muy útiles para el Ejército, los antiguos paramilitares y los cárteles de la droga. Es muy fácil utilizar el nombre de las FARC.
Líderes del grupo disidente Estado Mayor Central eran altos mandos de las FARC. No parecen simples narcotraficantes. La mayor parte de la guerrilla eligió integrarse. ¿Por qué estos militantes no quisieron?
Esa confrontación se debió a los intereses de algunos mandos. En la guerra hay acciones de lucha y acciones económicas. Cuando se planteó la posibilidad de dejar de tener acceso a los recursos económicos, producto también del narcotráfico, algunos no quisieron. También, por esa situación, existía el deseo de salir [y disolver la guerrilla]. Pero que quede claro que las FARC no fueron derrotadas militarmente, sino que fue más bien un ejercicio de reconocer que las dinámicas no estaban dando respuesta a los problemas del pueblo. Entonces, ¿qué diferencia a un grupo armado organizado de un grupo político revolucionario? Que uno lucha por el pueblo. Nosotros [por las FARC] cometimos errores militares, pero estos no beneficiaban sistemáticamente al Gobierno, y lo que observamos es que las acciones de estas disidencias solo benefician al uribismo, a la derecha, al paramilitarismo. Con Álvaro Uribe, un genocida que ha matado a 6.104 falsos positivos, había atentados, bombas. Eran autoatentados. Ahora ocurre con las disidencias. Es el mismo modus operandi. La estrategia de seguridad en América Latina y en Colombia se basa en el enemigo interno. Es parte del juego de la derecha; una derecha que, por cierto, es traqueta (mafiosa), porque Uribe es narcotraficante. Son un cártel político. Por eso, aunque el Gobierno de Gustavo Petro es progresista, estas disidencias llevan a cabo acciones militares que lo único que hacen es deslegitimarse. Y todo es por el control territorial.
Este enfrentamiento lo sufren los pobladores y las pobladoras, que ya estuvieron décadas entre el Estado y las FARC. ¿Cómo afecta el conflicto a estas personas?
No son pobladores. Son campesinos y campesinas y siguen en medio del conflicto. Para ellas y ellos, la vida no ha cambiado en estos 10 años: siguen dentro de la violencia del narcotráfico. De hecho, reportan que sus condiciones de vida se han deteriorado. ¿Por qué? Porque cuando nosotros éramos Estado había condiciones de vida digna para la gente. Había reglas, educación, y no solo militares. No éramos un ente separado de la población. Entonces, la percepción es que estas personas actualmente están peor, y no solo en términos sociales: en esos corredores hay mucha flora y fauna que era respetada por las FARC y que ahora está siendo devastada.
En esta década, casi 500 guerrilleros reincorporados o firmantes de paz han sido asesinados. ¿Cómo se vive el proceso?
Queremos que se reconozca que las personas firmantes de paz son actualmente defensoras de derechos humanos. Defienden a las comunidades. Nosotros estamos denunciando la masacre por goteo. Hay intencionalidad de aniquilar nuestra herencia, nuestro ideario, hay toda una estrategia para desmoralizarnos. Es parte de la estrategia de genocidio, hasta que dejemos de ser una fuerza que preocupe al Gobierno. Cuando estábamos en el proceso de negociación, las personas del [grupo guerrillero disuelto] M-19 nos avisaron del doloroso proceso que nos esperaba. No las escuchamos. Porque no es solamente la parte tangible, que está en el acuerdo, sino que hay estrategias que implementarán y que te apartan, te rompen, y hay que estar preparados. Con nosotros, se generaron dudas en las bases, se fueron de vacaciones, tomando whisky, para crear envidias… Un proyecto en el que colaboro con PSICOPAZ se encarga precisamente de eso: de las emociones que atraviesan el proceso de reconciliación.
¿Es fácil ser representante de Comunes, o las exmilitantes de las FARC estáis estigmatizadas en Colombia?
Hay mucha estigmatización. El estigma se vive en lo cotidiano y, especialmente, en la participación política y el acceso económico. Muchas personas no dicen que fueron parte de las FARC porque tienen miedo de perder sus empleos, sus vidas. Yo no. Yo tuve suerte o fue privilegio. Además, tampoco nos ayuda la izquierda. El presidente Gustavo Petro no ayuda. Él ha sido un excelente presidente para los colombianos. No hemos tenido ninguno mejor. Pero, para las personas de las FARC, no ha sido tan excelente. Y no es que le falte voluntad, sino que hay temor a ser relacionado con nosotros. Me encanta Iván Cepeda, a quien hace poco, para dañar su imagen, le prepararon un montaje con miembros de las FARC. Ahora mismo, lo que menos quieren los candidatos a la Presidencia es salir en una foto con el estigma, que somos cualquiera de nosotros.
¿Qué influencia puede tener Donald Trump en Colombia?
La doctrina Monroe fue la estrategia de expansión imperialista de EE. UU. en América. Nos tratan como si nuestros recursos fueran para su desarrollo económico. Siempre ha habido una intención colonialista, pero a diferencia de otras naciones latinoamericanas, en Colombia no tuvieron que dar un golpe de Estado: los políticos traicionaron los intereses del pueblo desde que Santander traicionó a Bolívar. Desde entonces, EE. UU. nunca ha abandonado Colombia y, a diferencia de Cuba o Venezuela, no ha necesitado intervenir para hacerse con el control.
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